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A mí no me mires:

Ozú, qué calor...!

calor

Estoy sentada en la terraza, amparada por una sombrilla. Mi barrio, Gracia, hierve. Barcelona entera es un horno. Intento comer. He comprado una docena de almejas auténticamente gallegas (unos buenos euros me han costado) y las estoy saboreando crudas, frescas, salinas, deliciosas, con una copa de vino blanco del Priorat, potente e imponente. Hoy el placer sensual me entra por la boca. Estoy levemente vestida, si al tanga se le puede llamar vestido. En una mesa del lado, una parrilla eléctrica espera ser enchufada para tomar el segundo plato, un filete de rodaballo auténticamente salvaje (también me ha costado lo suyo) Delante tengo la típica manzana interior de Gracia, compartimentado por patios que intentan ser jardines, donde se cultivan algunas rosas, gladiolos, ficus y bastantes plantas de marihuana. A estas horas de la tarde, nadie se atreve a salir y enfrentarse al sol. Más a lo lejos, una vieja casa de seis pisos con dos ventanas redondas en el quinto, a modo de ojos, me observa. Parece como si tuviera vida y se burlara de mí, de mi calor, de mi absoluta fragilidad. Lleva ahí más de cien años y ha visto pasar a muchas idiotas sudadas como yo. Y seguirá estando, cuando yo me haya convertido en cenizas para ser argamasa de otros edificios y otros sueños. Estoy algo borracha, el blanco de Priorat, casi 15 grados, no perdona. Me gustaría que ella estuviera aquí, para hacerle el amor con la mirada, con este clima soy incapaz de más esfuerzo. Pero ella no está, no. Una vez más, ha tenido que salir fuera a hacer cosas, muchas cosas. Ella se define por la acción, es una bicicleta con unas tetas maravillosas que si se para, se cae, y yo, ya veis, prefiero la quietud y emborracharme con vino y contemplación. Cuando vuelva, felizmente siempre vuelve, estaré dispuesta a seguir haciendo cosas con ella, yo que sé qué me propondrá, un fin de semana en Ibiza con unos amigos decididamente frívolos, la fiesta de los siete pecados capitales con los finos de Rivelinos, o una cena selecta, solo para diez, elaborada por el cocinero de moda. Da igual, estaré preparada para acompañarla hasta el fin del mundo. Aunque me gustaría que por una vez, solamente una vez, como el bolero, no pido más, estuviera aquí, sentada en la tumbona de al lado, como yo, sin hacer nada, observando sus gotas de sudor, mientras el barrio de Gracia se derrite con nosotras, y la casa centenaria de los ojos saltones, nos hace, con su persiana, un guiño de complicidad.

Por cierto, el rodaballo está de muerte.
Ella se lo ha perdido.

1 comentario

Ésther Píscore -

Buenas, soy Esther Píscore de nuevo...
En realidad me llamo María pero mi idolatría a les luthiers me hace que cambie constantemente de personalidad...
Hace un momento era Dominica de las Cruces...:)
Estaba un poquillo aburrida y me he acordado de tu blog.
Gracias por visitarme!!, me dio mucha alegría ver tu comentario.
Bueno, muchos besitos.
Sin más palabras se despide...
Santa Eduvigies III.

Ves...me ha vuelto a pasar.