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A mí no me mires:

Oficio de difuntos.

difuntos

Está cayendo en mi ciudad una lluvia implacable que se cuela,  de repente, por alguna rendija de mi corazón, y me veo rebosando de tristeza, a punto de las lágrimas, recordando a tantos y tantos muertos queridos. La lluvia ha pactado con el calendario, porque, en mi despiste, descubro que estamos en el nefasto Halloween, tiempo para pensar en los que ya dejaron de existir.  Aparecen como en una vieja película en mi mente: mis profesores a los que les debo lo que soy, mi forma de escribir, mi forma de sentir, mi forma de observar, mi forma de vivir. Amigos y amigas que se fueron en plena juventud, por culpa de un estúpido accidente, de un maldito atentado, o de la insidiosa enfermedad que nos corroe por dentro. Besos perdidos, caricias convertidas en ceniza, ilusiones rotas, flores marchitas, pena. Y me  rebelo contra el dolor, me niego a combatir la angustia con lamentos, así que saco del rincón de mis tesoros, un grand cru de Vosne-Romanée y mientras suena el Requiem de Mozart, lo saboreo  con delectación, hasta la última gota, brindando por ellos, recordando sus consejos, evocando sus caricias, en un vano y ebrio intento de matar la muerte a base de amor.  Acabo borrachita y suavemente feliz, y me prometo a mi misma que, cada año, en lo que me queda de vida, haré lo mismo, compraré un borgoña gran cru, para brindar por mis queridos muertos,  a lo grande, como ellos se merecen.  Me va a costar la broma el sueldo de un mes, pero más se lleva Hacienda y encima no te da las gracias.

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