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A mí no me mires:

Esto va para ti. (Y esto sólo lo sabes tú)

ojos

    Quiero agarrar el tiempo en una mano y el espacio en la otra, porque solo así te puedo abrazar. Tu invierno es mi verano, tu noche es mi día, tu sueños son mis vigilias, pero tus penas son mis penas y tus alegrías son las mías. No hay más que una caricia, eterna caricia, la que te hago cada día antes de cerrar los ojos, que es la misma que me devuelves cuando abres los tuyos.
    Querida mía, vivimos porque soñamos, sonreímos porque aún creemos en la utopía, nos derretimos de placer porque el corazón todavía no se ha dado de baja de la ternura, tenemos la suerte de que la fantasía nos impida rendirnos ante esta rutina mostrenca que nos intenta devorar.
    Besarte es rebelarme ante la evidencia y dejarme sojuzgar por el poder de los sueños. Y te beso, y cierro los ojos y estás ahí y no pido más, tan sólo que pueda repetir esta sensación un día y otro día,  con el mismo estremecimiento.
    Nada más que eso. Nada menos que eso.

Olvidos.

olvido

Que reste-t-il de nos amours?
Que reste-t-il de ces beaux jours?
Une photo, vieille photo
De ma jeunesse
Que reste-t-il des billets doux?
Des mois d' avril?, des rendez-vous?
Un souvenir qui me poursuit
Sans cesse
Bonheur fané, cheveux au vent
Baisers volés, rêves mouvants
Que reste-t-il de tout cela?
Dites-le-moi!


Poco queda de aquel ayer que parecía eterno, hasta los recuerdos más fuertes se van difuminando y anoche intenté evocar tu nombre en vano, amor de mis amores, querida mía que me tuviste un año loca por besar la sombra de tu sombra, y ahora no sé cómo te llamas, ni tampoco sé precisar si tenías un lunar debajo de tus senos, o tal vez eran dos, y aún tengo la dudosa impresión de que me estoy confundiendo de chica y puede ser que este recuerdo sea el de un sueño que se ha infiltrado en ese otro sueño soñado dentro de otro sueño que es la vida.
Trenet, maestro en intimidades, nos lo avisa en su canción, y en esta noche que intento recuperar una porción de mi tiempo perdido, al escucharla una y otra vez, una nave de nostalgia naufraga cerca de mi corazón. Pobre corazón loco, el mío. Aún lo tengo húmedo y palpitante, pero ya sé que como está sucediendo con mi difuminada colección de recuerdos, acabará secándose ante la corrosiva aridez del tiempo que todo lo agosta y todo lo destruye. Viejos amores, antiguos orgasmos, sonrisas que creía inolvidables, caricias que soñaba eternas, maravillosas compañeras en aquellos días de vodka y rosas… ¿dónde estáis que ya no puedo recordaros?
Y sigue cantando Trenet…

Les mots, les mots tendres qu'on murmure
Les caresses les plus pures
Les serments au fond des bois
Les fleurs qu'on retrouve dans un livre
Dont le parfum vous enivre
Se sont envolés… pourquoi?

Cuerpo.

cuerpo

     Este cuerpo mío, deseado, acariciado, sugerente, es a la vez hosco, efímero y putrefacto. Este cuerpo, que excita la pasión y anima a mil locuras, es también una necia desesperación y, como no, un muestrario inacabable de todas las debilidades. Amo y odio a mi cuerpo a partes iguales, a veces sucesivamente, a veces simultáneamente. He llegado a estornudar, presa de mil alergias, en el justo momento del orgasmo, y he llorado de rabia al ser incapaz de reír en el momento más feliz, a causa de una jaqueca interminable. Cuando mi vagina exigía más placer, era cuando necesitaba una buena dosis de antibióticos. Maldito y querido cuerpo, sede de nuestro afán y de nuestra desidia, motor inagotable de nuestra irreflexiva obstinación por conquistar el mundo y a la vez rincón de malvadas mezquindades, estériles como la tierra más yerma. Agujero informe, escala celeste, paraíso e infierno, el cuerpo, nuestro cuerpo, mi cuerpo, va decayendo inexorablemente, como un imperio romano hecho carne, con la pertinaz conciencia de ser la cesarina que asistirá a su definitivo derrumbamiento. Y es la decrepitud de este cuerpo caduco, lo que más me desespera, porque quisiera alcanzar el infinito y devorarlo, pero no alcanzo a llegar a tanto, y tengo que quedarme a solas con él, precisamente a solas, porque, mire por donde mire y rece al dios que rece, resulta que solo tengo eso. Mi puñetero, achacoso y corruptible cuerpo.

Masturbación.

masturbacion

La noche estaba más negra que nunca. Llovía con desesperación y desde la cama del hospital me veía más muerta que viva. Vinieron los médicos como dráculas a sacarme sangre, a sacarme vida. Me sentía un pingajo, a punto de acabar en el cubo de la basura. Despues de hacer conmigo lo que les vino en gana, se largaron, apagaron la luz y me dejaron sola en la oscuridad, a punto de ser raptada por todos mis incansables terrores. Pero mi dedo, mi querido dedo, mi hermoso dedo, ese colegui guapo que me sabe y me conoce y me entiende como nadie me ha entendido, se rebeló contra esta conspiración de fantasmas, y acercándose a mi vagina, la tocó, la acarició, la penetró, jugó con ella, la arañó, se adueñó del adentro y del afuera, me dominó a placer y cuando me vinieron los orgasmos, uno, dos y tres, los tres de siempre, se me implantó en mi cuerpo machacado y herido de muerte, una sonrisa de vida que me duró hasta la mañana siguiente. Que por cierto lucía el sol.
La masturbación, qué remedio....
¡Qué fabuloso remedio!

Pezón.

pezon

         Tengo unos pechos pequeños y muy proporcionados a mi cuerpo, un tanto rellenito y culón. Si hubiese sido una vaca tetuda, se me hubiese notado demasiado que me faltan unos centímetros de alto y me sobran unos cuantos kilos de ancho. Estoy orgullosa de mis pechos y mis queridos amores, amigas de cama, hermanas de sexo, niñas en flor, saben que se los he dado a degustar como la más clara evidencia de mi cariño.
         Hace unos meses, de forma insidiosa y traidora, apareció por mi vida el maldito cangrejo y se aposentó debajo de un pezón. Se llevó mi entusiasmo, mis ganas de vivir, la sonrisa con la que he conquistado medio mundo femenino, la guasa un tanto andaluza que no sé por qué tengo en mis genes, y me dejó a cambio un rencor absoluto, un abandono total, una desesperación inmensa y un sinfín de agotadoras sesiones de quimio que me dejaron calva, fea, y con la sensación de que a mis treinta y no muchos años ya estaba de más en esta puta vida. 
         Llegó un momento en que me vi con un puñado de barbitúricos en una mano, y una botella de whisky en la otra. Estaba al borde del precipicio, pero mi sentido común me animó a dar un paso atrás. Tiré los barbitúricos a la basura y me bebí el whisky lenta y concienzudamente. Borrachita perdida, me prometí a mí misma ganar la batalla.
         Luché como nunca he luchado. Aprendí a ser fuerte desde mi propia debilidad. Resistí todo lo que unos y otros me estaban arrojando encima. Al final, he ganado, eso creo. El mal se ha ido, eso me dicen. No me dan seguridades, claro, pero qué hay seguro en este mundo....
         Estos meses de acoso y pelea me han dejado varias cicatrices en el alma, y una, en forma de media luna, debajo de mi pecho, justo donde hace esa arruguita que tanto le gusta a mis novias. Y aquí estoy de nuevo, volviendo a dar caña con las cosas que se me ocurran, y con unas ganas locas de recuperar tanto tiempo perdido.
         Así que ya sabes, compañera del alma, compañera, a mí no me mires.
         Mira a mi pezón, que el tío ha conseguido salvarse de la quema.

Carolina.

carolina

    Estaba delante de mis ojos, durante toda la nefasta y monótona jornada laboral, y, ciega de mí, no conseguía verla en toda su belleza, era una más, o ni siquiera eso, era solamente otro componente de mi paisaje cotidiano. Aquí, el kiosquero; aquí, el semáforo; aquí, el ascensor, la recepcionista, la mesa del trabajo, y enfrente, ella. Lo grave es que pasaron años, y cuando la destinaron a la oficina central, y a mí se me quedó como un extraño hueco en el corazón, fue entonces cuando comencé a preguntar qué me pasaba, a qué venía ese extraño e insoportable vacío, hasta que una noche, borrachita de vodka y de nostalgia, me dí cuenta de que me faltaba ella, de que la había amado con toda la pasión oculta de mi subconsciente, como algo que pertenecía a mi propio ser, y ahora no hago otra cosa que pensar en ella y cuento las horas que faltan para llamarla por teléfono con cualquier excusa, para decirle que la echo de menos y ella se ríe, mi Carolina bonita, porque piensa que voy de exagerada por la vida, que sólo pretendo actuar como una cariñosa compañera, o tal vez piensa que soy una torpe acosadora sin futuro, porque siempre fue hetero y siempre lo será. Yo qué sé, tan sólo puedo decir que estoy colgada de su sonrisa, de su vitalidad, de ese toque un poco arisco, un poco seco, pero tremendamente encantador, y le he dicho mil veces que no sé vivir sin ella, pero no me hace caso, y tal vez tenga razón en no dejarse atrapar, porque puede ser muy bien que ella conozca de sobra lo que yo estoy ahora aprendiendo con harto dolor, que el cartero puede llamar dos veces, pero el tren, el auténtico tren de cariño solamente pasa una vez. Si lo pierdes, estás kaput.

Domingo manhattan, of course.

manhattan

   Una de las normas no escritas, pero válidas para sobrevivir en estos tiempos tan calamitosos que nos ha tocado soportar, es que los domingos por la tarde, sola o acompañada, (incluso yo diría que mejor sola, porque el gustito que te deja es más guapo) hay que emborracharse a modo.
Tonta de mí, si yo ahora pretendiera enseñaros cómo hay que hacerlo, parecería que acabo de salir de un convento de ursulinas. Lo importante es que cada cual o cada cuala lo haga, porque es la única salida decente que tienen las putas tardes del domingo, cuando el final de semana se va al carajo y solamente te queda la perspectiva de un lunes en donde te van a hacer fosfatina, como sucede todos los lunes.
Dado que intento ser pedagógica y enseñar al que no sabe (aún) os añado, como el que no quiere la cosa, que cuando se te ha ido la olla y tienes poco tiempo para coger el pedo, la solución es darle al Manhattan.
¿Mande?
Ahora te lo digo, novatita mía, un manhattan es un cóctel inventado en el Manhattan Club de Nueva York por la mamá de Winston Churchill, americana de nacimiento, gran amante de la coctelería variada y de ahí salió el hijo que tuvo.
Es muy fácil de hacer. Mitad bourbon, mitad vermut rojo. Al estilo James Bond, con mucho hielo, en vaso mezclador, agitado, no revuelto. La fórmula original exige whisky canadiense, pero yo prefiero utilizar el Jack Daniel’s. Es más contundente.
Como cena te puede servir una guinda en almíbar roja, que se le añade al invento.
Si llegas tomarte dos, tendrás los sueños más guapos de lo que es capaz un puñetero domingo.
Y que Dios reparta suerte.

P.D.
Perdonad que no os haya escrito antes, bonitos y bonitas mías, pero las cosas andan bastante chungas en casa de Lorena. La culpa la tiene este cuerpo que la vida me ha dado y que está demostrando ser más chorra de lo que creía, parece ser que me va a durar poco y tengo una depre de caballo. Algún día de estos os contaré de qué va la cosa.
Un beso.

De culo.

trasero

No quisiera tener un corazón irrompible.
¡Qué aburrimiento!
El mío se ha roto mil veces en mil pedazos. No es problema, luego pego los trozos, reparo las fisuras, y sigue funcionando. Visto de cerca, mi corazoncito no está muy presentable, pero en sus heridas queda escrita mi biografía sentimental, la de una tontiloca que prefiere querer a poseer, amar a renegar, sufrir a maldecir, reirse a consumirse.
Además conociendo mi cerebrino levantisco y mi rebeldía a todo lo que es civilizadamente correcto, si no tuviera este corazón enamoradizo, hace tiempo que me hubiese convertido en una metralleta con tetas.
Es mejor así. Prefiero que me hieran a causar heridas, además, qué pesadez, es una pérdida de tiempo cerrar las manos para dar puñetazos, cuando abiertas quedan muy bien acariciando culitos.

Escrito a cada instante, Soledad.

Soledad

Por que no puedo vivir en paz, si no me acuerdo antes de ti?
¿Por qué castigo mi cuerpo derrotado de antemano, para intentar gozar de tu presencia?
Me vuelco en afueras devoradoras, en pasiones descontroladas, en vicios oscuros, en el placentero sabor del daño, pero al final acudo a ti, con la piel llorando lágrimas de sangre.
Es insufrible tu alegría, es una tentación carnal tu sonrisa. Sin estar, estás; sin ser, eres; sin tenerte, te poseo; y, pese a quien pese o a lo que pese, tú sigues siendo la fantasía más real en un mundo de vaciedades,
Por encima de millones de cadáveres peregrinos que vienen de ninguna parte y van hacia la nada, eres tú, Soledad, entera, viva y palpitante, la que me domina y me pacifica, la que me arrebata y me calma. Tal vez, en algún mundo, en algún tiempo, tú diste –a saber a quien, a saber a qué- un beso apasionado y ese beso, por el efecto mariposa, navegando por mil esferas de utopía, acaba de llegar a mis labios, haciendo aún más imposible mi amor por ti.
Y vuelve a ser verdad que el amor está escrito a cada instante en la arena de la vida, para que el mar del olvido se lo lleve a cada ola.

 

 

Inevitable cumpleaños, inevitable vodka.

cumple

Cumplo años.
Lo celebro, como siempre, con amigos y amigos, familia, un buen vino, una cena agradable, y noche de copas y copas, pero en esta ocasión no me espera en la cama un cuerpo cálido y desnudo con quien llorar la resaca.
Un año más vieja, alguna arruga más, un cuerpo más débil, un organismo más chungo, una mente más lúcida y la misma rebedía en contra de lo puñeteramente rápido que pasa el tiempo y la pena por las cien mil cosas que pude hacer y no hice en estos 365 días que se me han escapado de las manos.
Cumplo años, y compruebo que los recuerdos pesan mas que ese par de kilos que he engordado en estos doce meses, y se me acumulan un montón de planes y proyectos que tengo que hacer ahora que todavía dicen que soy joven, guapa, atractiva, tengo un cuerpo de fábula, y patatín y patatán. Proyectos que sirven para que olvide aquellos irrecuperables y maravillosos 18 años, cuando me comía el mundo a brincos de felicidad, y mi novia de entonces, una treintona como yo soy ahora, me miraba con una sonrisa maternal y melancólica, como diciendo: "No veas, Lorenita, lo pronto que se termina esta primavera".
¡Bufff, coñazo de cumple! Necesito meterme otra botella de Absolut entre mis pechitos y mi espalda.

El amor me hace llorar.

No tengo remedio.

madeleine

   Madeleine Peyroux es una malvada. Además de estar como un tren, ha sacado su ultimo disco, Half the perfect world, que tendría que estar absolutamente contraindicado para atardeceres como el de este viernes, nubloso, oscuro, inevitablemente triste. El disco me extrae con delicadeza, pero sin compasión, lo más profundo de mis emociones ocultas, y las va poniendo en la mesa, fileteándolas con la precisión, la armonía y la sutileza de un cortador de sashimi, y me voy quedando embobada contemplando lo mucho que de hermoso, tierno, infantil y romanticón llevaba amontonado y escondido en el baúl de los olvidos- Con esa limpieza general que la voz de la Peyroux, ideal para decirme al oido "Cuánto te deseo", va realizando en los fondos de mi espíritu, saltan a mi memoria las numerosa ocasiones en que, por el puñetero orgullo de no descubrir mis debilidades, me he tragado de golpe las lágrimas a punto de salir, como si fueran chupitos de Absolut. Madeleine continúa cantando y decido que la próxima vez que tenga ganas de llorar, lo haré aunque sea en mitad de una película de los hermanos Marx, porque no se pueden meter los sentimientos dentro de un cofre, guardarlos bajo siete llaves y olvidarlas después, a mil leguas de una oficina de objetos perdidos. Así que cuando suena el tema de mi querido Serge Gainsbourg, el único hombre que me volvió loca, La Javanaise, una refinadísima balada que Madeleine interpreta con esa forma de hablar francés que tienen al otro lado del charco, una piensa que es hora de ponerse de pie, frente al ventanal empapado de lluvia, y llorar, llorar, hasta que la lluvia de mis ojos se confunda con la de los cristales.

Me he enamorado irresistiblemente de Madeleine.
Es lo que más me pone, un amor imposible.


Esto es vida.

vida

Puestos a resumir y a usar pocas palabras, porque las que no se las lleva el viento, se las apropian elementos foráneos, políticos, ideólogos, académicos y demás especies sin proteger, digo yo, que la vida, si un día, pistola en mano, me obligan a resumirla en un gesto, una mueca, un cariñito, un nosequé o un quéseyo, pues mira cómo son las cosas, la reflejaría en la pícara pose (hija de puta, la tipa va para modelo) que me regaló mi sobrinilla Sonia, que hace tiempo demostró que tenía la sana intención de comerse el mundo con patatas.
Dime que sí, no te hagas de rogar, escéptico de los cojones, reconoce que lo que mi sobrina tiene para dar y derrochar, eso sí que es vida.
El resto, para el gato.

"Una langostita para mí sola"

aguarda

              Cuando en la peña estábamos arrebatadas de entusiasmo imaginando un futuro esplendoroso de fama y dinero, nos soñábamos entrando en un restaurante con nuestro donaire particular, derramando lisura y después de aposentarnos en la mejor mesa, diciéndole al chef, como si fuera lo más natural del mundo: "Una langostita para mí sola".
              Pues bien, aprovechando que el amor de mi vida había tenido que marchar al sur, para resolver unos asuntos familiares, (espero que sólo sean eso, familiares) y como no me gusta nada, eso de guardar la ausencia y quedarme en casa, tejiendo y destejiendo como una Penélope sola, fané y descangallá, pues nada, que agarro el Mini, me escapo de Sitges y como la que da un paseo, viajo hasta A Guarda, un encantador puerto gallego, conocido como la Capital de la Langosta.
              Y sí, esta vez no es sueño, entro en el restaurante con mi donaire particular, derramando lisura, y después de aposentarme en la mejor mesa, le digo al chef, como si fuera lo más natural del mundo: "Una langostita para mí sola!".
              Por supuesto, cocida. La langosta, siempre hay que tomarla recién cocida. Y se espera el tiempo que sea necesario, para que llegue templada a la mesa. Ciertamente era una langostita, tamaño mini, ideal para una caprichosa como yo. Luego, a la hora del café y del orujito, en ese rincón cercano al paraíso, donde el Miño se convierte en mar, contemplo cómo el sol del crepúsculo se deja devorar por el Atlántico y me vuelve al paladar la ternura y el sabor de mi primera langostita para mí sola, únicamente comparable a la ternura y el sabor de los besos de una que yo me sé.
              (Esta receta esta especialmente recomendada para eliminar los estados carenciales provocados por los amores de nuestras vidas, cuando se largan para resolver presuntos asuntos familiares, y para superar la depresión de quedarse en casa, guardando la ausencia, tejiendo y destejiendo como una Penélope sola, fané y descangallá)

 

 

 

DP. Declaración de principios.

(Más vale tarde que más tarde)


      Me llamo Lorena y soy lesbiana. Aparte de eso, tengo treinta y ningún años y una enorme hambre de pasarlo bien. Creo que lo más bonito del mundo, y eso que tiene cosas bonitas el puñetero, es la mujer. Soy lesbiana, fundamentalmente por una cuestión de estética: cuando estamos bien hechas, somos lo más cercano a la perfección. Lástima que,
a) esa bienhechura dure tan poco y envejezcamos tan pronto,
b) seamos en el fondo unas pánfilas porque hemos dejado que el mundo se organice según los dictados del hombre, que es, a mi juicio, uno de los elementos más superfluos de la creación: animales, vegetales y mujeres podríamos pasarlo mucho mejor y más divertido, si no estuviera el macho ahí dándonos la vara.
y c) estemos excesivamente cargada de puñetas físicas, entre las que hay que destacar, la odiosa regla.
Esto me lleva a sospechar, con un cierto fundamento, que ese tal Dios, si es que existe y nos ha creado, es un machista bastante cabroncete.

(Este tendría que haber sido el primer post del blog, pero una ha nacido así de caótica y no me acabo de ver yo como mujer de orden, pero si de concierto, sobre todo si es de Diana Krall: Daría media vida por que me cantara al oído y me rozara con esos labios que son melocotón en dulce, pero eso hoy no toca y ya está bien de rollo)

 

Alegoría del pez descerebrado.

descerebrado

Como me lo contaron, os lo cuento:
Resulta que el científico alemán Erich von Holst (1908- 1962) extirpó a un pez llamado gobio (phoxinus laevis) la porción anterior del cerebro donde se localizan las reacciones de adhesión al cardumen, es decir, lo que le lleva a nadar agrupado con los demás. El gobio descerebrado veía, comía y nadaba como sus congéneres normales; lo único que lo distinguía de éstos es que le daba perfectamente lo mismo apartarse del grupo. Le faltaba la vacilación y la preocupación del pez normal, que aunque desee avanzar en una dirección determinada, en cuanto ejecuta los primeros movimientos se vuelve hacia sus compañeros y se deja influir por el número de los que lo siguen o de los que no lo siguen. Al pez descerebrado de Von Holst, no le preocupaban los demás, iba a su bola, y, si veía alimento o cualquier cosa atractiva, nadaba con decisión hacia el objetivo. ¿Qué sucedió entonces? Que el resto de los peces, al verlo con tanta resolución, seguían al pez sin cerebro, como si fuera el líder que andaban buscando.
El hecho de ser un pez descerebrado le había convertido en jefe.
Ahora me explico yo muchas cosas de la oficina.
Y también el éxito que tiene más de un político. Y más de dos. Y más de tres.
(No me hagan señalar con el dedo, que eso está muy feo)

Una sonrisa. La tuya.

sonrisa

          A veces la belleza, o la felicidad, o la maravilla, o la vida misma es eso, una sonrisa. Sólo eso, nada más, nada menos que eso, una sonrisa. Se reparten millones y millones de sonrisas cada día, son de circunstancia, a veces sirven de excusa, como pasaporte diplomático, como signo de buena educación, como hipocresía o camino trillado para salir del paso.
          Pero, entre este oropel, de vez en cuando, brilla una sonrisa de oro, una sonrisa que es la joya de la corona, el diamante más perfecto del mundo. Por esa sonrisa, valdría la pena entregar la vida entera. Esa sonrisa es la que me regalas, cada mañana, cuando amaneces en mis brazos. Y yo me quedo tontita y desarmada el resto del día.
          Por esa sonrisa. Con esa sonrisa.

Estaba escrito.

Clara

Clara y yo fuimos compañeras de colegio y nos veíamos todos los días. Nuestros padres coincidían en alguna celebración común. Aquel fin de año, decidieron salir y a mí me la confiaron, por ser un año mayor que ella. Dormiría en mi habitación. Despues de las doce campanadas en la tele y tomar las uvas, y cuando nuestros mayores se marcharon, nosotras, muy modositas, nos metimos en la cama, con muchas risas nerviosas, mucho pudor monjil y unos camisones que nos llegaban al tobillo.  Era la primera vez que me acostaba con alguien que no fuera un osito de peluche. Y sin saber ni cómo, ni por qué, acaso movidas por algún resorte íntimo que pugnaba por salir a la luz, nos descubrimos acariciándonos, al principio tímidamente, después con mucha, muchísima ternura, más tarde con pasión. Fue la primera vez, mi primer placer, mi primera lujuria, cuando descubrí que yo solamente podía ser así, lesbiana hasta el último pliegue de mi sexo. Al día siguiente, tanto a ella como a mí, nos dio vergüenza recordar lo vivido. Estuvimos unos meses sin vernos, temerosas tal vez de que el virus de aquella noche nos contagiase más y más. Terminó el curso, y su familia se mudó al Sur. Pasó el tiempo, pero nunca la olvidé. Nunca se olvida la primera vez. 
Volví a encontrármela, hace un par de años, en unos carnavales de Cádiz. Estaba yo la mar de salidita, escuchando las chirigotas ilegales que se agrupaban cerca de la taberna del Manteca, cuando alguien pronuncia mi nombre y antes de que reaccione, me regala un abrazo cariñoso y una sonrisa feliz. Pero hasta ahí. Clara se dejar abrazar por su flamante novio, y yo me quedo sin saber qué responder, balbuceando como una tonta, así que después de una conversación banal, volvimos a separarnos.
Pero la casualidad también hace de celestina y la semana pasada, en mi primer día de vacaciones me la tropiezo, a la vuelta de la esquina, paseando por Barcelona, y por fín sola, sin novio y sin excusas. Esta vez, sí,  la sonrisa es más abierta, más clara; las miradas son más penetrantes, más íntimas; la conversación es más inteligente, más reveladora; y el final era el que ya habia quedado claro, desde aquella primera noche en la que ambas perdimos la virginidad. Lo nuestro estaba previsto en las crónicas del destino y anunciado, con grandes titulares, en el reportaje de nuestro deseo.
Lo he dejado todo. Me voy a vivir con ella. Me voy a vivir en ella. Porque el cartero solo llama dos veces. Y no hay, nunca existe, una tercera oportunidad. Me da igual el fracaso. Solo quiero drogarme con su alma, emborracharme con su piel. Aunque me hunda, será el naufragio más apasionado de mi vida.

Ozú, qué calor...!

calor

Estoy sentada en la terraza, amparada por una sombrilla. Mi barrio, Gracia, hierve. Barcelona entera es un horno. Intento comer. He comprado una docena de almejas auténticamente gallegas (unos buenos euros me han costado) y las estoy saboreando crudas, frescas, salinas, deliciosas, con una copa de vino blanco del Priorat, potente e imponente. Hoy el placer sensual me entra por la boca. Estoy levemente vestida, si al tanga se le puede llamar vestido. En una mesa del lado, una parrilla eléctrica espera ser enchufada para tomar el segundo plato, un filete de rodaballo auténticamente salvaje (también me ha costado lo suyo) Delante tengo la típica manzana interior de Gracia, compartimentado por patios que intentan ser jardines, donde se cultivan algunas rosas, gladiolos, ficus y bastantes plantas de marihuana. A estas horas de la tarde, nadie se atreve a salir y enfrentarse al sol. Más a lo lejos, una vieja casa de seis pisos con dos ventanas redondas en el quinto, a modo de ojos, me observa. Parece como si tuviera vida y se burlara de mí, de mi calor, de mi absoluta fragilidad. Lleva ahí más de cien años y ha visto pasar a muchas idiotas sudadas como yo. Y seguirá estando, cuando yo me haya convertido en cenizas para ser argamasa de otros edificios y otros sueños. Estoy algo borracha, el blanco de Priorat, casi 15 grados, no perdona. Me gustaría que ella estuviera aquí, para hacerle el amor con la mirada, con este clima soy incapaz de más esfuerzo. Pero ella no está, no. Una vez más, ha tenido que salir fuera a hacer cosas, muchas cosas. Ella se define por la acción, es una bicicleta con unas tetas maravillosas que si se para, se cae, y yo, ya veis, prefiero la quietud y emborracharme con vino y contemplación. Cuando vuelva, felizmente siempre vuelve, estaré dispuesta a seguir haciendo cosas con ella, yo que sé qué me propondrá, un fin de semana en Ibiza con unos amigos decididamente frívolos, la fiesta de los siete pecados capitales con los finos de Rivelinos, o una cena selecta, solo para diez, elaborada por el cocinero de moda. Da igual, estaré preparada para acompañarla hasta el fin del mundo. Aunque me gustaría que por una vez, solamente una vez, como el bolero, no pido más, estuviera aquí, sentada en la tumbona de al lado, como yo, sin hacer nada, observando sus gotas de sudor, mientras el barrio de Gracia se derrite con nosotras, y la casa centenaria de los ojos saltones, nos hace, con su persiana, un guiño de complicidad.

Por cierto, el rodaballo está de muerte.
Ella se lo ha perdido.

Pasión de solsticio.

 solsticio
Conozco a Sandra en la noche más breve y mágica del año y descubro en ella la incontenible hoguera de un deseo feliz, donde a cada beso, húmedo, goloso, con sabor a fresa, le sucedía un gemido, y una mirada sonriente y agradecida. Su cuerpo exhibe una sugestiva fragilidad, su piel se muestra con una suavidad infinita, y se ofrece sin reservas a la caricia delicada, pues más presión rompería el exquisito jarrón de porcelana de un liviano organismo proclive al descontrol. Ella no requiere largos preámbulos ni larguísimos cortejos. Mi primer abrazo desencadena un proceso, que pudo llegar al desvanecimiento de un orgasmo súbito, si no lo hubiese alargado con pausas de algodón, donde su sonrisa de ángel me elevó mil veces a la antesala del placer. Sandra, Sandra, Sandra, pequeña flor de invernadero, caricia imposible, lujuria de virgen, locura de un sueño soñado dentro de otro sueño, en una hechicera noche de verano.

Y al día siguiente, en el esplendor de Sitges,
ni ella, ni su admirado Woody, podían con el sol del día más largo del año.

¿Orgullo?

orgullo gay

Se supone que hoy, miércoles 28 de junio de 2006, día del orgullo gay y patatín y patatán, tendría que sentirme orgullosa, pero esta mañana me he levantado chunga, y no tengo el más mínimo deseo de sacar mis intimidades sexuales a pasear.
Ahora que lo pienso, nunca me he sentido orgullosa de ser lesbiana.
Y si me obligan a precisar, la verdad es que nunca me he sentido orgullosa de nada.
(Me parece una colosal pérdida de tiempo eso del orgullo.
Pero en fin cada uno es cada uno y tiene sus cadaunadas)
Orgullosa, no
Pero satisfecha con ser como soy, lo estoy siempre.
Cada segundo de mi vida, que es exactamente cada segundo que pienso en ti.