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A mí no me mires:

Nada. (Ni siquiera eso)

nada

        Lo que echaré de menos cuando me muera, lo que necesitaré realmente, lo que lloraré por haber perdido, son los momentos de estar a solas conmigo, escuchando una música, leyendo un libro, admirando un paisaje, gozando de la realidad de ser yo, y solo yo y nadie más que yo. La conciencia de existir, de saborearme, de sentirme paladar al beber una copa de vino, o mirada al ver algo hermoso, la conciencia pura de mí, la forma de poseerme que es en el fondo la vida, un orgasmo constante haciéndome el amor. Lo que echaré de menos cuando me vaya, no serán los besos que di y que me dieron, no serán los amores que gocé y me gozaron, no serán los amigos que me lloren o me recuerden, lo que realmente echaré de menos cuando no esté, es precisamente no estar, no tener la sensación de estar, ni siquiera tener la sensación de estar en otro lado, ni siquiera tener una minúscula gota de nada en las manos, no tener la conciencia de ser yo, porque ya no existe una conciencia y ya no existe un yo. Esto es precisamente lo que echaré de menos. Lo único que me consuela de la broma de mal gusto que es vivir para morir, es que cuando esté en el vacío absoluto y no tenga nada, tampoco tendré el terrible tormento de echarme de menos.

Fiebres.

fiebre

           Anoche pasó por mi cuerpo una apisonadora y llevo 24 horas completamente chafada. Dicen que se llama gripe, pero yo no concibo esa razón. Tengo naúseas hasta en el pensamiento y siento una debilidad extrema, escribir esto me parece tan fatigoso, como hacer saltos de altura con la pata coja. Me he quedado en cama todo el día y lo he dormido todo. No puedo comer, no puedo beber, no puedo pasear, me mareo al sentarme, en fin, como el cuerpo se ha rendido incondicionalmente, esta gripe feroz me ha convertido en un espíritu puro. Si intentara detallar ahora las veces que he soñado contigo, nos darían las uvas, si describiera las numerosas formas, modos, situaciones y posturas con las que te he hecho el amor en mis sueños febriles, clausurarían este blog por libidinoso. Cierro los ojos, y el supremo cansancio de mi cuerpo se queda corto ante el agotamiento de mi imaginación, que no ha dejado nada sin hacer dentro de tí. Voy a ver si consigo aliviar las dos fiebres que consumen, la de la gripe y la del cariño, para volver a dar cuatro pasos sin caerme al suelo. O eso, o me tomo un somnífero para seguir raptada por tu pasión.


 

Rutinas y sueños.

cama

         No soy la que era, la verdad sea dicha. De aquel pendón desorejado de años atrás, bien conocido en las discotecas a la hora del gin-tonic, he cambiado a una vida tan sana que no me extrañaría nada, si un día aparezco en la revista de Natur House. Cierto es que me agarró el maldito cangrejo y las pasé canutas, pero normalmente muchos salen de este mal rollo con más ganas de marcha que nunca. Yo he reaccionado exactamente en sentido contrario y ahora mi vida cotidiana es igualita a la de un relojero suizo.
        Antes de amanecer ya me he levantado, hago a pie los dos kilómetros que me separan del trabajo, allí desayuno un café y un panecillo de pan integral con aceite de oliva. Mi trabajo se puede resumir en lo siguiente: me pagan por escribir de asuntos que no me interesan en sitios que no me importan, pero me pagan, que no es poco. Salgo del trabajo a mediodía. Tengo aún cosas que hacer, pero las puedo enviar por email. Vuelvo a casa paseando, hago un poco de compra, trabajo en el ordenador hasta la hora de comer y luego, o tomo algo fuera o cocino algo rápido y duermo una siesta de sultana. Por la tarde, si me ha quedado algo pendiente, lo termino y si no, salgo con alguna amiga, voy al cine, o me quedo en casa, leyendo o viendo algún dvd. Solo ceno fruta, pero antes de cenar, eso sí, faltaría más, me preparo un buen cocktail y saboreo el placer de un par de copas mientras se acaba de hacer de noche.
        La noche, se abre el telón, adiós rutina, hola fantasía. Es momento de echar la imaginación a volar. Recorro contigo paisajes insólitos, sintiendo el fascinante encanto de tu mano en la mía. Y ordeno así mi corazón y mi piel, mis sentidos y mi cabeza para el gozo de una noche que sería larga y angustiosa si no estuvieran tus sueños a mi lado, poniendo amor y calor, sabor y color, en el lado derecho de mi cama.


Ligera de equipaje.

maleta

         No me van las propiedades, sino las posesiones. Utilizo las cosas, pero no me apropio de ellas. Me encanta tener el corazón ligero de equipaje y desde mis años de bohemia, seguí fielmente un sabio consejo: Que toda tu vida te quepa en una maleta. Era una maleta de estudiante, bastante chunga, la pobre, y con  ella me mudaba de sitio, aquí y allá, viajaba de un lado a otro, con la curiosidad en bandolera. Dentro llevaba lo imprescindible, cuatro libros, unos discos firmados por gente que me hizo tilín, una especie de diario escrito a mano en el que resumía mis amores y mis días y la ropa justa para dar el cante.
       Los cuatro libros siguen siendo cuatro, pero distintos, porque tengo la sana costumbre de regalarlos cuando los leo, los discos firmados estarán en algún desván, porque ya nadie usa vinilos, y el diario lo perdí, maldita sea, el día que me robaron el bolso de un tirón. Ahora el diario no lo escribo en una libreta, sino en este blog, la música la saco de Internet, solamente me queda la ropa justa para dar el cante. Y la maleta mezquina. Está claro, me sobra la maleta.
        Porque, bien mirado, ¿para qué viajar y cruzar el océano, si tengo el mundo entero, con todos sus encuentros y todos sus placeres, con todos sus deseos y todas sus pasiones, justamente aquí, dentro de mi cabecita loca, que es mi mejor maleta?

 

 

Predestinada.

diana

    Me habían predestinado a tí y me exigieron paciencia. Me lo dejaron bien claro.
   La buscarás día y noche, año tras año, y  la encontrarás cuando menos la esperes. Vas a tener que saborearla a distancia. La desearás y solamente realizarás ese deseo en tus sueños, la acariciarás como nadie ha podido acariciar, pero sólo en tu fantasía, la amarás de todas las formas, en todos los lugares, en todos los momentos, pero únicamente a través del sexo de tu imaginación, mucho más incansable y tenaz que el de tu propio cuerpo.
   Me dieron la oportunidad de negarme y vivir mi vida. Pero yo te elegí, te busqué, y aposté por tí.
    Por tí, aunque jamás te bese, por tí, aunque nunca te acaricie, por tí, mujer completa y entera, mitad real, mitad soñada, mitad verdad, mitad mentira, mitad pregunta, mitad respuesta. Y al final he ganado el envite, porque nadie me ha dado más placer, ni me ha inyectado tanta sobredosis de ternura. Prefiero verte sin verte, acariciarte sin acariciarte, besarte sin besarte, entrar en ti como atraviesa la luz el cristal, y dejarme arrastrar por este arrebato inverosímil que se siente mucho más allá de los cinco sentidos, porque nunca quise tener una existencia gris, de besos rutinarios y orgasmos congelados, de palabras amañadas y tristeza a media tarde.
   Me habían predestinado a tí, y me exigieron paciencia. Se la dí, y me devolvieron un amor sin límites. Por tí.

 

 

Locura de amanecer.

amanecer

          Como todas las mañanas, voy a trabajar cuando aún no ha amanecido. Pero hoy me he inventado una excusa para llegar tarde, y me he dirigido al puerto. Quería contemplar el sol cuando sale del mar, el mismo sol que tú sueles ver cómo naufraga en cada crepúsculo.
        Desde la playa, te dediqué la mejor sonrisa del día, la caricia más temprana, el beso hambriento que acababa de salir de la cama, donde hacía poco nos estábamos soñando, y volvió el deseo de ti, que me inunda cada noche y me regala felices sueños, y volvieron las ganas de cantar, de gritar, de decirle al mundo que si ayer estaba muerta, hoy estoy feliz porque me tienes tú. Todos esos hermosos sentimientos de cariño, bien empaquetados en papel de ternura, se los di al sol para que a la hora del crepúsculo, antes de acostarse en su lecho marino, te los entregara de mi parte.
         Volví al trabajo paseando, mientras observaba a la gente que caminaba con prisa, con histeria, con tensión y hastío, y me dediqué a sonreírles, mientras me miraban extrañados como si hubiese salido de una casa de locos. Puede que sí, puede que este cariño solamente se puede concebir entre tú y yo que, como no discurrimos por el común camino de la masa, estamos fuera de circulación y nos ha dominado la locura. Locura por amarnos, locura por vernos y acariciarnos y devorarnos y hacernos sentir lo que nadie sintió por nadie, pero al fin y al cabo, bendita, maravillosa y fascinante locura.

Asesina de sueños.

aeropuerto

        Tengo manía a los aviones. No es por miedo a volar, de hecho uno de mis sueños recurrentes es convertirme en una veloz golondrina que surca los océanos, pero me agobia el aeropuerto, el control de seguridad, la eterna espera, los asientos estrechos, la mala suerte que siempre tengo con mi compañero o compañera de asiento.
      Esta tarde de domingo, tonta, tontísima, de un día donde ha lucido con todo su esplendor una precoz primavera castellana, estoy sentada en el aeropuerto esperando embarcar, con un cuba libre, y la voz de Madeleine Peyroux y he abierto el portátil solamente para escribirte y calmar estas ganas locas de arrojarlo todo por la borda y agarrar el primer vuelo que me lleve a tu habitación de manchas azules.
      Como soy muy novelera, me he imaginado la escena, el momento cumbre de una historia casual que se está adueñando de nuestros corazones. Me acerco a ti, y aunque traía todo un discurso preparado para soltarlo de un tirón, y suavizar así la tensión nerviosa, he sido incapaz de articular palabra. He abierto los brazos y tú, sin decir una palabra, te has refugiado en ellos. Después hemos reído entre lágrimas y hemos llorado entre risas, mientras que en la película de nuestros amores, fundiendo en negro, aparecía la palabra fin.
      Puede que aun queden muchas escenas que vivir antes de llegar a ese final, puede incluso que no exista ese final, y que esta historia común siga siendo hermosa, únicamente por las escenas que hemos creado tú y yo para compartirlas desde la enorme distancia. Porque tanto cariño como derrochamos cada noche, solo se puede nutrir por el irresistible poder de la fantasía, refrenando la malsana curiosidad que mata ilusiones y asesina los sueños. 
      Creer sin ver. Gracias a que no nos vemos, tu y yo nos creemos.
      Y nos creamos.

 

Silencio.

silencio

         Sabía que estabas ahí. Me ha costado llamar precisamente por eso. Temía tus reproches. Me has tenido olvidada todo el tiempo y ahora que te viene bien, echas mano de mi y patatín y patatán. Ayer resistí, incluso decidí obviar este enojoso asunto, pero esta tarde un amigo común me lo volvió a recordar. Ya que estas aquí ¿por qué no la llamas? Está en casa, seguro, nunca sale, sácala a cenar, le encantará. Accedí, te llamé, una vez, dos veces. Insistí una tercera. Me escamó el asunto, y llamé una cuarta. Puse un mensaje. Esperé sin resultado y luego fué una obsesión, llamé otra vez y otra y otra. Sé que estás ahí detrás, te estoy viendo cómo aguantas las ganas de descolgar el teléfono, porque has visto mi nombre en la pantalla del móvil, respóndeme. Pero ella no respondió, no, y en vez de taladrarme con recriminaciones, me castigó con el peor de los infiernos, el del silencio, silencio, silencio, silencio. Al final, agotada tiré el móvil al suelo y me arrojé en la cama llorando de rabia y reconociendo con amargura que, en asuntos del corazón, nada queda impune, al final las premeditadas ausencias se pagan con insufribles silencios.
Silencio, el sonido de la nada.

 

Encarnizada amiga.

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     Y de pronto, cuando más la odias, ella te hace un guiño y te vuelve a seducir. Y mi enemiga íntima se transforma en mi encarnizada amiga. Porque hay cosas de Madrid con las que ni siquiera puede el propio Madrid. Esos bares mañaneros de churros, porras, y manteca colorá, las tabernas donde la manzanilla de Sanlúcar acaba de llegar con la marea, tablaos flamencos donde renace lo más auténtico de Camarón de la Isla, asadores vascos donde besugos y angulas te hablan en impecable euskera, marisquerías gallegas con tanta morriña, que hasta los percebes bailan muñeiras, bares donde con el vino te sirven una tapa gratis,  plazoletas para pasear y amarse al sol, en definitiva, rincones donde la ciudad desmedida se convierte en un acogedor caserón manchego, que abraza con cariño a todas las españas, a todas las europas, a todas las américas, a todos los mundos. 
     Paseo con mi alegre soledad por ese Madrid y olvido definitivamente la anterior reunión de ejecutas que no tienen ni medio polvo. Estoy sentada, como una guiri más, en la plaza de Santa Ana, para saborear una cerveza artesanal y el plato nacional madrileño, el pincho de tortilla. Me viene a la memoria aquella noche loca con Anuska, la novia de un amigo, que acabó siendo, por esa noche precisamente, novia mía. Y el recorrido que me hizo, la puñetera, por lo más popular del viejo Madrid, besándonos en bares imposibles, donde a cambio de un cigarro y un chupito de whisky, el flamenquito de turno nos cantó por bulerías, una noche de mucho, muchísimo vino, y de mucho, muchísimo amor. Al día siguiente marchó para Bolivia, porque tenia un corazón solidario y no sé mas de ella, solo que sigue allí. Pero eso sí, como todos los amores, aunque solo duren una noche, son de ida y vuelta, precisamente de aquellos paisajes de ultramar, me ha vuelto, por enésima vez, tu recuerdo, y te haces tan presente, tan cercana, tan mía, que me sacude un súbito estremecimiento mientras escribo estas notas, porque acabo de sentir que pasabas a mi lado y te perdías por Huertas, ese barrio increíble donde aún se encuentra la única gente que puede salvar a esta ciudad de sí misma.

Enemiga íntima.

Madrid

        En Madrid, por trabajo. Vuelvo a encararme con esta ciudad que es un monumento colosal a la desmesura. Demasiada gente con demasiada prisa para hacer demasiadas cosas que no sirven para nada. Madrid es mi enemiga íntima, nunca llegué a comprenderla, ni siquiera en mis años de infancia, cuando vivía con unos padres que aún no habían iniciado su inacabable sinfonía de hostilidades. Entonces también me parecía una metrópoli desmedida, que había que conocerla por fascículos, una inmensa novela  que podías empezar a leer  por las ultimas cincuenta páginas sin perderte demasiado el argumento. Viajo para reunirme con gente que hablan de muchas cosas pero que no me dicen nada. Madrid, castillo famoso que al rey moro alivia el miedo. Eso era antes, ahora es capital de obviedades, centro neurálgico de decisiones sin sentido, patria de descubridores de mediterráneos, monstruo de mil cabezas que encierra una violencia oculta en sus insufribles rascacielos, urbe donde la presunción se cotiza mejor que la esencia, y donde únicamente vale lo bien maquillado que te ha salido tu retrato después de pasar por el photoshop. Procuro sacar debajo de las piedras una sobredosis de hipocresía y disimulo, porque me pagan por esto, así que sigo la corriente,  afirmo cuando tengo gana de negar y  valoro cuando tengo ganas de mandarlos al cuerno. De repente, en un momento en que todos están pendientes de mis palabras de vendedora de  humo, de una forma instintiva, me coloco en la sien  dos dedos de mi mano derecha a modo de pistola y me suicido virtualmente. Me he convertido en Madrid, la ciudad de varios millones de suicidas virtuales.  La mesa me mira con extrañeza, pero yo sonrío pensando en ti y en tu foto. Ellos se lo han buscado, hacía un buen rato que me estaban obligando a pensar en otras cosas, y me ha salido la vena lorena. El ambiente de aquella mesa de reuniones se había vuelto irrespirable y necesitaba sentirme como tú, libre como una hoja en el viento.

Vuelo feliz.

bici

        Tus hermosas palabras me han despertado feliz y estreno una inmensa sonrisa que sabe a ti. El amanecer anuncia un día primaveral, y yo también caigo en la sutileza de sentir el aire fresco de la mañana. Vuelvo a mi brompy que tenía arrinconada. Mi brompy es mi bici plegable Brompton. Más que un medio de locomoción, es mi mejor compañera. Tendrías que verme, avenida arriba, avenida abajo, pedaleando como una loca y disfrutando del placer de viajar, en este mar de asfalto y contaminación. Me he vestido con unos tejanos celeste, con mis converse rojas, mis queridas zapatillas de los días felices, y un polo de rayas casi tan viejo como yo, que solo me pongo cuando alguien me ha besado toda la noche y me ha regalado toda la ternura del mundo. No pedaleo, vuelo, navego por el aire, floto en un mar de sensaciones que no se pueden describir. Mi bici me lleva a un rincón feliz por encima de las nubes del tiempo y salta las murallas de la distancia, hasta llegar a ese cuarto de manchas azules donde me espera tu sonrisa, invitándome a llenar de caricias, una vez más, el lado vacío de tu cama.

Tinieblas.

tinieblas

      Y de repente, la nada, lo negro, el para qué, el qué sentido tiene todo esto.
      Y de pronto, la rabia contra no sé quien para exigirle una respuesta.
      Y de súbito una sensación de angustia que me viene del compartimento más secreto del corazón y me deja sin aire.
      Y de golpe el miedo, miedo al ocaso, miedo a la agonía, miedo a la vieja dama que me ronda, me persigue y me impide ser feliz.
      Y de improviso, una pena honda porque no estoy contigo, porque no puedo estar a tu lado, porque en el improbable caso que nos encontrásemos a la vuelta de una esquina de la vida, nos marchitaría la decepción. Nos hicieron encantadoras y hemos nacido para el desencanto.
      Intentando arrancar en vano tantas tinieblas en forma de preguntas sin sentido, me masturbo pensando en ti, pero lo hago con rabia, con angustia, con miedo, con pena, con nada.

Ketama dreams.

ketama 

        Mira por donde, la rumbita de Ketama es nuestra constitución no escrita, porque se nota a la legua que "no estamos locas, sabemos lo que queremos" y como lo sabemos muy bien, nos repetimos una y otra vez: Vive la vida igual que si fuera un sueño, pero que nunca termina que se pierde con el tiempo. Por eso tanto tú como yo, en vez de conformarnos con la cruda realidad que lo chafa todo, nos obligamos a buscar y buscar. Y buscaré, oye, pero buscaré. Así te encontré yo y así me encontraste tú, porque supimos buscar y detenernos a saborear lo encontrado.
     Diferimos de Ketama en gustos etílicos, porque cuando nos despertamos por la "mañana y empieza de nuevo un día después de una borrachera"... yo no me tomo una manzanilla, sino un bloody mary (me gustaría saber lo que haces tú) y ni tú ni yo (creo) vamos en busca del camborio que se lo fuma en arguila, pero reconozco que en multitud de ocasiones me he dicho a mi misma, "tengo que tranquilizarme, me desmadro "tos" los días" Igual que tú, lo presiento.
      Tanto a tí como a mí, nos gusta vivir la vida y a nadie doy explicaciones, somos bohemias y soñadoras como Ketama, ellos van pregonando sus canciones, nosotras gritando nuestro cariño sin necesidad de vernos. Y desde luego, eso está claro, faltaría más, tanto tú como yo, podemos cantar con Ketama su ultima estrofa: La noche a mi me seduce y embruja mis fantasias y es que la noche me inspira y es mi adorada enemiga.
      Esta y no otra, mi niña, es nuestra gran satisfacción: Que nos tenemos un cariño imparable. Este y no otro es nuestro más delicioso, exótico, inefable y exquisito placer: Que nos gozamos una y otra noche, de la forma más sutil y  pasional, con un beso presentido, con una caricia imaginada, con un amor cada vez más profundo, con un sueño hecho realidad en el sueño que cada día tu y yo, desde la distancia, nos soñamos.
       Porque no estamos locas. Y sabemos lo que queremos.

 

 

Tiro de toro.

tiro de toro

       El plato nacional cordobés es el rabo de toro. Para prepararlo a la perfección, se necesita una abuela, o alguien que tenga tanta paciencia como ella, porque hay que cocerlo a fuego lentísimo, y regarlo constantemente con agua, vino y coñac, según el pálpito y el acierto del cocinero. El resultado final es una carne tiernísima que se deshace sola, en una salsa negra, espesa y arrebatadora.
       Lo que no saben en la tierra del califa es que el rabo vacuno, si no de toro bravo andaluz, sí de reflexivo buey irlandés, es el ingrediente esencial para preparar el mejor consomé del mundo, a base de una cocción lenta, reduciéndolo, desgrasándolo y consumiéndolo hasta convertirlo en un caldo oscuro, transparente, aromático, que, tanto caliente, como frío, sabe a gloria bendita.
      Pues bien, algunos sábados me despierto sonriente y enamorada de mí misma. Entonces, en vez de besarme frente al espejo, compro un rabo de buey irlandés, y me dedico al gustazo de cocerlo sin prisas, hasta conseguir un cuarto de litro de un fabuloso consomé, fragante, rotundo y sin un gramo de grasa.
       Pero no me lo tomo tal cual, no, no. Como me siento feliz, me hago un tirito. Un tirito de toro, o para decirlo en el lenguaje del barman, me hago un bullshot. Es decir, vierto el consomé caliente en un vaso que ya tiene el zumo de medio limón, una cucharada de salsa Lea Perrins,  gotas de tabasco, sal de apio, pimienta negra y como es natural, un maravilloso y nunca escaso, chorro de vodka. La mitad del tirito me lo tomo caliente, y la otra mitad, lo saboreo helado, en copa de cocktail.
       Todas las horas son buenas para sentir los suculentos estragos de este tiro de toro, pero es fabuloso para curar la resaca de madrugada y olvidar las idioteces que haces cuando te pasas de copas. Y también cuando, como hoy, me he levantado y me he visto guapa, delgada y querida. Lo más de lo más de lo más. 
       Se nota que, desde la enorme distancia, me acabas de dar un beso circular.

Lágrimas.

llanto

         Así estoy, así me tienes, mendiga de cariño, pidiéndole al cielo una palabra tuya, de amor, de odio o de indiferencia, da igual, pero que sea tuya, desgarrada y apasionantemente tuya, porque necesito desgranarla, desmenuzarla y espolvorearla por todo este loco corazón mío que está sediento de ti.
      Aquel viento que me trajo por primera vez noticias tuyas, también me contagió la pena de no estar a tu lado, para sentir el dulce calor de tu piel, besar el aroma de tus besos, paladear el sonido de tu pasión, contemplar el sabor de tu presencia y respirar el color de tu mirada.
      Niña mía, allá donde estés, sueña conmigo esta noche, y que en sueños nos poseamos, nos acariciemos, nos arañemos, nos devoremos, nos destruyamos, porque esa ruina feliz nos llevará de la mano a un amanecer rebosante de cariño.
     Tu foto en mi ordenador parece decirme algo, pero no alcanzo a descubrir aquella sonrisa de ternura que ayer recorrió toda mi habitación hasta colarse en mis sábanas hambrientas.
     Me gustaría seguir reuniendo para ti las palabras más apasionadas de mi diccionario sentimental, pero las lágrimas son más fuertes que yo, y total, para qué continuar, si llorando te escribo la mejor carta de amor…

 

Cercana lejanía.

labios

No sabía música y le silbaba sus canciones a su amigo Rubén,
que se encargaba de los arreglos,
pero no se concibe la canción mejicana sin él.
Fue un bohemio borrachín, un apasionado conquistador,
una bala perdida, pero insuperable como poeta.
Se llamaba José Alfredo Jiménez, devoró la vida y murió joven,
pero sigue siendo el Rey.
Y yo sigo cantando cada mañana su inolvidable ranchera,
que acerca la lejanía y hace que mis labios acaricien los tuyos.
A pesar de la enorme distancia.

Estoy tan lejos de ti
y a pesar de la enorme distancia
te siento juntito a mi
corazón, corazón alma con alma
y siento en mi ser tus besos
no importa que estés tan lejos.

Estoy pensando en tu amor
y a lo loco platico contigo
te cuento de mi dolor
y aunque me hagas sufrir, no te lo digo
y vuelvo a sentir tus besos
no importa que estés tan lejos.

El cielo empieza a clarear
y mis ojos se llenan de sueño
contigo voy a soñar
y aunque quieras o no
yo soy tu dueño
y siempre tendré tus besos
no importa que estés tan lejos.

Sanguinaria María.

bloody mary

              Como a los médicos les encanta prohibir, venga o no venga a cuento y aprovechando mi desgraciado encuentro con el cangrejo, esos hipócrates se han cebado conmigo y me han obsequiado con una lista de cosas que no puedo hacer por más ganas que tenga, no digo cuales, porque no pienso entristecer a la peña. A cambio me han recomendado muy encarecidamente que coma verdura, mucha verdura. Es decir, me han cambiado la langosta por la espinaca, un trueque como para morirse de gusto.
             Les he hecho caso a medias, claro, dejaré la langostita pa mi sola para tiempos más playeros, pero eso sí, la espinaca también se la puede tomar el gato. Prefiero dedicarme al apio. El apio es adelgazante, relajante, diurético, bajo en sodio y calorías, rico en potasio y tralará, tralará. La mejor forma de tomar apio, no es en ensalada, ni cocido, ni escabechado, sino acompañando a un delicioso zumo de tomate, previamente enriquecido con la mejor salsa que nos ha legado el Imperio Británico, la Worcestershire, más algo de sal y pimienta, unas gotas de tabasco y por supuesto, faltaría más, hasta ahí podría llegar la broma, un largo, delicioso, suculento y enfervorizado chorro de Absolut y con esto no rompo la dieta, el vodka viene de la patata o del centeno o de la remolacha, en definitiva es una verdura borrachita, pero verdura.
            Este cocktail lleva el curioso nombre de Bloody Mary, María la Sanguinaria. Con este apelativo ha pasado a la historia una de las peores reinas que ha tenido Inglaterra, María Tudor, nieta de los Reyes Católicos y más fanática que su abuela, pues se dedicó a cortar la cabeza a todo hijo de la Gran Bretaña que no se declarase católico, apostólico y romano. Por el color sangriento del tomate, han bautizado de esta forma tan violenta a un cocktail que es más bien pacífico y relajante. Curiosamente el Bloody Mary no es un producto británico, lo inventó en 1920 el camarero Fernand Petiot del Harry's New York Bar de París y suele tomarse como alivio de resacas, y compañero de madrugadas.
            Yo prefiero degustarlo en esa hora tonta de la tarde, cuando es demasiado pronto para ir al cine, se ha pasado la hora de la siesta, y en el horizonte del crepúsculo no hay otro proyecto en ciernes que pensar en ti y saborearte en rojo. Cosa que estoy haciendo en este preciso momento.  

La Javanaise.

serge 

       Y viene ella, la mar de guapa, y me envía un email y me regala en un superzip las 12 versiones distintas que ha encontrado en itunes de La Javanaise, la canción de mis sueños, compuesta por el único hombre que me puso a morir, cuando era una chiquilla que aún no sabía que sexo era eso del coño, o viceversa.
      Te adoro, amor, porque me he pasado la tarde borrachita de Gaingsbourg, que es mucho más peligroso que el vodka casero ukraniano, ese que hace más estragos que Chernobil.
      Para los que no la conocen, de verdad, no os la recomiendo, por sus peligrosa incidencia que esta implacable javanaise tiene en la parte débil del corazón. La Peiroux la interpreta con una aparente, pero apasionada desgana, Jane Birkin la canta a pelo, como ella era en sus tiempos, Bruel se limita a escucharla de su público en directo, cinco mil personas griotándola a tope, Gainsbourg la araña con su voz de absenta y esa diosa hecha mujer, Juliette Greco, la entona como un parisina inmortal que se lo ha follado todo.
     Amo esta deliciosa javanaise, te amo, Serge, por haberla compuesto y os amo a vosotros, miles y miles de franceses y francesas que la habéis hecho vuestra y la habéis convertido en un himno al amor más irresistible del mundo, ese que solamente dura lo que dura una canción.

serge jane
J'avoue j'en ai bavé pas vous mon amour
Avant d'avoir eu vent de vous mon amour
Ne vous déplaise
En dansant la Javanaise
Nous nous aimions
Le temps d'une chanson
À votre avis qu'avons-nous vu de l'amour
De vous à moi vous m'avez eu mon amour
Ne vous déplaise
En dansant la Javanaise
Nous nous aimions
Le temps d'une chanson
Hélas avril en vain me voue à l'amour
J'avais envie de voir en vous cet amour
Ne vous déplaise
En dansant la Javanaise
Nous nous aimions
Le temps d'une chanson
La vie ne vaut d'etre vécue sans amour
Mais c'est vous qui l'avez voulu mon amour
Ne vous déplaise
En dansant la Javanaise
Nous nous aimions
Le temps d'une chanson

Odio las cortinas.

cortinaje

            Y las celosías, y los visillos, y todos esos artilugios que intentan proteger nuestra intimidad. ¿Para qué? Tampoco es para tanto, no nos pasemos. No soy exhibicionista, pero tampoco me creo la reina del mambo perseguida por cien mil paparazzi ansiosos por sacarme una foto mientras me paseo por el salón con las tetas al aire. 
            Además, nunca entenderé la obsesión por el pecho femenino. No sé que tienen mis pezones que no tengan mi rodillas, por ejemplo. Solo conozco alguien que pensaba en esta línea, Eric Rohmer, que realizó una película donde expuso magistralmente el contenido erótico de una rodilla perfecta, le genou de Claire, y creo que fue su obra más conseguida. 
            Por otra parte, el cuchitril, también llamado piso, que tengo alquilado en el barrio de Gracia, no se merece agobiarlo con un cortinaje rococó, hay que ser minimalistas, dos sillones de ikea, algo parecido a una mesita, pero eso sí, un supermegatelevisor de Sony con todo el blu-ray del mundo, para ver claramente hasta el lunar más recóndito de mi actriz preferida (hoy no toca decir quien es)
            Para más inri, el piso es interior, o sea que toda mi desnudez queda en casa. Por lo tanto, querido vecino o vecina, (mejor vecina, please) si alguna vez me has visto en pelota brava, piensa que ya has captado todo lo peorcito de mí, no sueñes con que salga así a la terraza, porque procacidades, las justas. Si no quieres asistir a este espectáculo, no mires, y si te ha gustado, pues que te aproveche, que mirar es gratis, no cotiza a Hacienda. Aún.

Consolacion y/o consuelo.

consuelo

         El castellano es muy suyo. Dicen los que no lo dominan que es muy difícil de aprender. Como soy monolingüe, (lo promiscuo lo dejo para otros placeres más gratificantes) no acabo de captarlo, a no ser, claro, en noches así.  Las noches de domingo están hechas para la reflexión o para el llanto, para la nostalgia o para cazar musarañas al vuelo, para evocar los mejores momentos de mi vida, o para llorar las veces que he tropezado en la misma piedra,   para brindar por la amnesia total con un bloody mary bien cargado, o para acordarme de ti. Borro esta obviedad, de ti me acuerdo a cada instante de cada día.
         Y también están hechas para el consuelo.
         O para la consolación.
         No es lo mismo, el puñetero castellano es el idioma del matiz. Consolación es una cosa, por ejemplo masturbarte recordando aquella escolar gordita con una minifalda imposible que pasó por tu lado con todo el descaro del mundo en un boulevard parisino y que tú, la más rapida al otro lado del río Pecos, captaste con tu móvil.
         Y consuelo es otra. Consuelo es esa sensación acogedora de meterme en la cama desnuda y cubrirme con el edredón pensando en ti, y notar al cabo de un segundo que tengo un edredón volador, y soy una bruja encantadora que atraviesa el océano para acurrucarme en el lado vacío de tu cama.
         Benditas las noches de domingo, cuando tienes consuelo. Bueno, corrijo, cuando tienes consolación. Vuelvo a corregir. Cuando tienes las dos cosas.